La Calle Fúcar

 
La calle de Fúcar es una calle resguardada entre biom-bos de casas, que parece llevar un nombre de antigua fuente o de batalla menor en Flandes.

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La calle de Fúcar

-  ¿Donde vive usted ahora?

-  Vivo en la calle de Fúcar.

Y el amigo que recibe las nuevas señas y el que las da, no deducen más que se trata de una calle apacible y recoleta, con mucho casticismo interior.

Es una calle con un destino de buen pasar y con balcones que se asoman al barrio menos dramático de la ciudad, sin perjuicio de que haya dramaturgos en sus pisos.

Las muchachas que sacuden el trapo de vez en cuando por esos mismos ventanales, en la hora mañanera de la limpieza, lo hacen con sencillo desdén, sin saber que echan el despectivo polvo sobre el cauce de los tesoros, sobre la que fue la más importante mina de oro durante mucho tiempo.

El optimismo de siglos pasados era fomentado sólo con oir: «Los Fúcares han escrito», «Los Fúcares han dado», «los Fúcares han prometido...»

Habian trabajado en Alemania la candidatura de Carlos V, y los grandes electoreros se unieron al emperador y sus empresas.

En realidad, España los bautiza con esa costumbre española de variar los apellidos extranjeros, y los que eran Fugger, derivación de fuccare latino, que significa teñir, y que fue bien aplicado a ellos, que eran pañeros y tintoreros, se transformó ya permanentemente en Fúcares. Prestan grandes servicios a los reyes de España y les prestan dinero para sus guerras aunque el rey tiene que insistir, pues sus soldados de Flandes se niegan a combatir si no cobran su soldada.

Los Fúcares son los que saben hacer que gire el dinero, que pueda ser cobrado en un sitio lejano lo que era acreditado en otro sitio, la operación más difícil del mundo y que al cabo de los siglos vuelve a ser tan difícil como entonces. En América quieren accionar y elevan al Consejo de Indias ambiciosas proposiciones prometiéndoseles que todo lo que descubran en ocho años -y no toque la gobernación de Pizarro- será de ellos; pero, afortunadamente, se asustaron, tuvieron miedo a la conquista, no se dieron cuenta -porque no eran españoles- que la conquista era inspiración, fé, dominio ideal -sueños de sueños- y no sólo una empresa de mercaderes.

Explotan minas en España, la de Almadén -la mina por antonomasia, pues Almadén en lengua arábiga significa mina-, tienen discusiones con el fisco por esa masa global de negocios y quedan cartas de sus agentes denunciando que han dado cien ducados a uno de los jueces porque «el carro no marcha, a menos que se le engrase».

Felipe II se hartó y decretó la anulación de monopolios y toda cesión de ingresos a particulares, obligando que aceptasen los títulos de renta al 5 por 100. Los Fúcares decaen, pero su casa de Madrid estudia cómo salir de la empresa, y correos especiales llevan confidencias a la casa central.

Aún siguen tratando con los reyes, pues aunque ya estaban en el comienzo de la decadencia de la fortuna española, siempre les quedan randas de perlas de sus últimos collares. España, no obstante eso, está en pleno siglo de oro y no por los Fúcares; sino por su espíritu, sublimado en Cervantes, en Lope, en Quevedo, los que no recibieron ni un ducado de los banqueros del siglo.

Ya en tiempo de Felipe IV, los Fúcares, alarmados por la bancarrota, echan mano de otros banqueros para que les representen, y se van evadiendo, salvándose así la casa hamburguesa de los Fúcares de la gran aventura española. El Fúcar amadrileñado y último, siempre con la mosca en la oreja, reducidor de las joyas de la Corona, desconfiado crediticio en el empobrecimiento, frente al ocaso de España en América, ocaso que si bien sucedía muy en la lejanía ya había tenido un anticipo en el horizonte de la Casa de Campo.

España entro en una vida mas autónoma, aunque más modesta, y de toda la colaboración con los Fúcares sólo resta esta calle recordatoria y afable. No queda otro recuerdo del gran banquete de los millonarios, y el que en el Diccionario de la Lengua este aceptada la palabra fúcar como significando «hombre muy rico y hacendado», aunque ya nadie dice: «Es un Fúcar», para calificar a un potentado.

En realidad, sólo queda, de todas esas historias, esa calle sencilla que ya no sabe bien a que atenerse en su etimología, y que parece el recuerdo de un rio, de un pueblo azucarado y quevedesco, de una batalla del pasado. Sólo a veces el callejeador nota que corre por ella un viento fresco que viene de los sótanos del tesoro donde estuvieron guardados esos cofres albardados, que fueron los antecesores de las cajas fuertes, venticello que se impregna en esas bodegas del oro a las que siempre les queda un rezume especial.

Ya vive de incógnito el concepto de aquellos poderosos del dinero y por eso da sus señas, sin ningun orgullo, el que vive en la simpática calle de Fúcar.