El Madrid de Pedro Antonio Alarcón (1833-1891)

 
Los cuadros de costumbres presentan unas limitaciones que no tendría posteriormente la novela urbana y con contenido social que reclamaría Pérez Galdós. La necesidad de relatar brevemente una escena de la vida cotidiana, hacer una pequeña reflexión sobre algún suceso, restringía su tratamiento en profundidad, y sólo la pericia descriptiva del escritor podía compensarlo convirtiendo el artículo de costumbres en un texto sugerente y atractivo.

No cabe duda que Alarcón fue todo un maestro en el género y así lo plasma en sus cuadros madrileños. La imagen que de Madrid tiene este andaluz se encuentra principalmente reflejada a través de los artículos costumbristas aparecidos en «La Epoca», periódico de la capital. De todos ellos, sólo consideraría publicables para sus Obras completas dieciseis, los cuales lo serían bajo el título general de Cosas que fueron. En ellos se recoge la visión y se recrea la vida de la Villa y Corte entre los años 1855 y 59.

Alarcón durante estos años es un hombre con pocos recursos pecuniarios, con una buena dosis de vida bohemia, y al mismo tiempo muy bien relacionado socialmente. Por su parte, el Madrid que recibe a nuestro escritor, es una ciudad que acoge cordialmente a sus transeúntes, pero que encarna, ya a mediados de siglo, la frialdad de las grandes urbes: la soledad a la que se ven abocados todos aquellos desarraigados que van a vivir a ella. A través de dos artículos, La nochebuena del poeta (1855), escrito al año de residir en la capital, y Las ferias de Madrid (1858) se descubre este rasgo.

Madrid es una ciudad que posee un fuerte atractivo pues en ella buscan la fortuna, el triunfo, una colocación, una enorme gama de gentes. Es la «tierra conquistada» fácilmente, debido a la afabilidad de sus habitantes, pero que no deja de ser «un vivac, un destierro, una prisión, un purgatorio» para la numerosa población procedente de provincias.

Habita en la capital un microcosmos social en donde se encuentran representados todos los españoles: «Hay en la corte una población flotante, heterogénea, exótica, que pudiera compararse a la de los puertos francos, a la de los presidios, a la de las casas de locos».

El Madrid de Alarcón es un Madrid de tertulias literarias, con sus cafés, sus casinos, sus salones, en los que la política, la ópera, y los chismorreos son la conversación habitual, cuadros que quedan muy bien reflejados a través de "Diario de un madrileño" (1858), "Las visitas a la marquesa" (1859) y "El Carnaval de Madrid"(1859). De todo ello dirá este autor: «Es una vida magnífica..., vida febril, artificial, necia si quereis, pero que mata las horas, ocupa la imaginación y distrae el hambre canina del espíritu más soñador y melancólico».

Un tema importante de atención es el de los ritmos de la ciudad, ritmos anuales, estacionales y diarios que viven no ya sus habitantes, sino la clase alta y media con la que se codea nuestro escritor.

El ritmo anual viene definido principalmente por las fiestas de carácter religioso, a las que se les comunica un marcado sentido social. La inauguración de la temporada de representaciones, a principios de otoño, en el Teatro Real era considerado como el inicio del nuevo año en esta ciudad, al respecto de lo cual comenta: «Esta es la gran cita, el gran congreso, la hora solemne en que se toma el cargo de madrileño y se abre la legislatura de la sociedad elegante».

Y desde esta fecha hasta mediados del verano, cuando el calor aprieta y la vida se hace imposible en ella, se suceden constantemente obligadas citas sociales como sucede con el día de los Santos Difuntos, el Año Nuevo, las fiestas de Carnaval, los actos de Semana Santa.

El ritmo estacional se dirime principalmente en las dos estaciones del solsticio, siendo el otoño y la primavera meras antesalas. La vida durante el verano y el invierno en la corte no guardan parecido alguno. Nos habla de la literal huída de las clases pudientes durante los meses de la canícula y del soterramiento de la vida social, a todos los niveles, mientras que las clases medias se han de conformar con los baños en el Manzanares, las mañanas en el Retiro, las largas siestas estivales y el trasnochar. Durante el invierno la vida en Madrid es más alegre, contrariamente a lo que sucede en los pueblos. Se animan los cafés, los casinos, tertulias y los paseos públicos, siendo con la llegada del crepúsculo cuando se inicia la verdadera vida social de la Villa y Corte.

El ritmo diario guarda una gran relación con el estacional, hasta el punto que existen pocas similitudes entre una jornada de verano y otra de invierno. Depende de la clase social a la que se pertenece, del tipo de oficio que se tiene. Como regla general, son las clases adineradas las que inician el nuevo día más tarde, levantándose entre las once y las doce; mientras que el horario de entrada de un funcionario público o de una empresa privada oscila entre las diez y las once de la mañana. Los trabajadores manuales, estudiantes suelen ser los más madrugadores, al mismo tiempo que aparecen los servicios de a diario, como la recogida de basuras, las burras de la leche, y vuelven a sus casas los trasnochadores.

En cuanto los horarios de comidas y de la cotidiana siesta, hallamos para todos los gustos, dependiendo del tipo de vida que se realiza. Como ya se ha dicho, la verdadera vida comienza a partir de las siete de la tarde, iniciándose con "la fiesta" de la cena; un banquete en donde es corriente la presencia de invitados. Y tras él, la asistencia obligada a las sesiones del Real, o a las tertulias, los casinos y cafés, supeditado a las posibilidades económicas del personal.

Nos habla Alarcón de la« conversación» como el principal acto social de las veladas nocturnas de los madrileños, «que por su originalidad no buscada, por su variedad característica y por sus espontáneos primores, no tiene igual en el mundo».

Las últimas horas, entre las nueve y las doce de la noche, es cuando se realizan lo que nuestro escritor denomina« balances y liquidaciones de la sociedad»; el momento en que se pasan cuentas a todos los asuntos, en el que se crean y deshacen reputaciones, esto es, cuando la sociedad juzga implacablemente a sus miembros.

El Retiro, la Fuente Castellana y el Paseo del Prado, son los centros de encuentro, de paseo y esparcimiento de la sociedad madrileña, y como en todo este tipo de lugares, su visita es obligada en ciertos momentos del día, y en determinadas épocas del año. El Retiro era, en aquella época, el lugar de paseo estival, a pesar del mal estado de conservación en que éste se hallaba; por su parte, en la Fuente Castellana, iniciada en los primeros años del reinado de Isabel II, encontramos lo que él denomina las "flores de invernadero", "reinas de la moda y diosas del amor"; en el Prado, por último, se dan cita la alta y la baja sociedad, unos a relacionarse y otros a pedir.

Apenas comenta nada, en sus artículos sobre Madrid, acerca de las transformaciones urbanas que por estos años -1855-59- debieron producirse en ella. Habla un poco sobre los modernos cementerios instalados en las afueras de la ciudad, y del proyecto de conducción de las aguas del Lozoya a la capital, con lo que se remediaría la escasez de aguas en verano. Pero de entre todos los cambios urbanos remarcables, el más significativo sea el que resume en su loa a la Puerta del Sol a la que dedica el final de uno de sus cuadros. En él elogia su papel histórico en la vida social y política del Madrid del siglo XIX:

¡Adios, nueva Palmira; fruto precioso de la revolución de julio; cascajal perdurable; Proteo geográfico, tan pronto laguna como pantano, hoy montaña si ayer derrumbadero, Maelstrom de los coches; digno atrio del Ministerio de la Gobernación de España; moderna Troya en cuyo centro mueren los ministros demasiado arrogantes; barricada eterna , en que los menestrales acechan a los ministriles; manzana no de casas, sino de la discordia entre ingenieros, arquitectos y capitalistas; Puerta Otomana, que has dado margen a toda una guerra, que empezó por donde concluyó la de Oriente (por la demolición de algunos edificios), y terminará Dios sabe cómo!.

Se trata de un Madrid de paso. De un mal necesario al que vuelven irremisiblemente todos los que en él han vivido alguna vez; en donde el lento y pesaroso pasar de las horas de la vida cotidiana, se hace más soportable merced a su trepidante ritmo de vida, siempre de gran atractivo para los provincianos. Hay que ir en otoño, cuando empieza el año de la Corte.

"¡Vente, pues, mi querido amigo! ¡Vente a este maremágnum que ya principia a encrespar sus olas! (...) ¡Ven y lánzate a este torbellino de ambiciones, de novedades y espectáculos, de peligros, de grandezas, de miseria y de locuras, fuera del cual no podemos vivir un año entero los que ya lo conocemos a fondo! Y es que Madrid se parece a esas coquetas encantadoras que despreciamos y que abandonamos para siempre todas las noches, sin perjuicio de volver a buscarlas todos los días".

Conclusiones

La visión que nos ofrece Alarcón de la ciudad española de mediados del siglo XIX no es real, si se entiende como ciudad no únicamente el espacio urbano, sino el conjunto formado por éste, por sus habitantes y por sus actividades. Se hallan todavía lejos de él, más intelectualmente que cronológicamente, las nuevas ideas de corte positivista que originarían el movimiento naturalista en la literatura. Alarcón sigue siendo en 1881, cuando abandonó la literatura y ya era conocido el naturalismo como tal en nuestro país, un escritor costumbrista, anclado en los parámetros que impondría la novela de Fernán Caballero, es decir, un realismo reducido a la escena, y una idealización de los personajes y de la sociedad de la época.

En el género costumbrista encontramos las claves que nos explican la visión de la ciudad en la obra de Alarcón, aunque él mismo nos diga que éste es un género anacrónico y se vea incapacitado para escribir como tal, pues, como él mismo decía «no se estilan las costumbres». No obstante, a través de sus artículos sobre la capital, o bien de sus relatos de viajes por la Península, nos retrata los aspectos tradicionales, típicos y pintorescos de un mundo urbano que se encuentra en transformación.

Sus cuadros sobre las ciudades españolas están condicionados por diferentes factores: por su carácter andaluz, que le conduce a alabar el carácter de la gente de su tierra y de sus ciudades, modelos de riqueza, limpieza y belleza; por sus convicciones políticas y religiosas de corte conservador y católico, que le llevarían a redescubrir las raices del supuesto espíritu español conservado en las poblaciones castellanas, especialmente Salamanca y Toledo; por último, por su condición de inmigrante madrileño y residente en la capital, una ciudad con un gran atractivo para los provincianos debido a su trepidante ritmo de vida, pero que también revela la frialdad de las urbes modernas, reflejado en la soledad, y el desarraigo físico y moral de sus habitantes.

La visión de Alarcón encarna una concepción burguesa conservadora del progreso, traslucido en un apoyo a las mejoras técnicas, que permiten aumentar el nivel de vida de los ciudadanos, pero condenando cuanto signifique un ataque a las costumbres tradicionales o a las creencias. De este modo, puede comprenderse el por qué de su apoyo a la mejora y acrecentamiento de la red ferroviaria, y el por qué de su rechazo a los nuevos tipos de construcción y al vandalismo antirreligioso que imperó en el período postrevolucionario. Alarcón, por último, se debe a su público lector y a sus convicciones respecto la moral en el Arte y el papel pedagógico que debe éste cumplir, ideas que ya tenía en 1858 cuando decidió salir en defensa de la sociedad y de sus valores. Ello le impidirá evolucionar hacia lo que se consideraba la "evolución natural del arte", esto es, el Naturalismo.

No surgen en sus obras aspectos escabrosos de la sociedad, de la misma forma que no aparece en sus cuadros urbanos el conflicto social, la inmigración, o la prostitución, a no ser a efectos de equilibrio del relato, o mostrar la armonía social imperante.

Finalmente y a modo de conclusión, a pesar de las reticencias con que se le trató, se debe reparar, más objetivamente, en la elegante y brillante prosa de Alarcón, cuya sensibilidad como artista nos ha permitido disfrutar, a través de sus descripciones de diversas poblaciones de nuestra geografía de las que han sido consideradas las páginas más bellas de la literatura moderna castellana.