De la calle del León a la plaza de Cánovas del Castillo, b. de Cervantes, d. del Congreso, p. de San Sebastián.
El trozo final entre la plaza de Jesús y el Prado se abrió al ser derribado el palacio de Medinaceli, llamándose calle del Duque de Alburquerque; pero al poco tiempo recibió el nombre de Cervantes, considerándola como prolongación de la que lleva este apellido glorioso.
Llamábase esta calle de Francos, por haber tenido en ella una casa la familia de este linaje, que comienza en don Pedro Suárez de Francos, regidor de la villa a principios del siglo XV, y termina en don Diego Francos de Garnica, alcalde de casa y corte.
Cuando todavía no era esta vía más que un camino que conducía hacia el monasterio de San Jerónimo del Paso, aconteció que viniendo por él el gran cardenal de España don Pedro González de Mendoza con sus familiares de visitar en aquel convento al prior fray Pedro Mazuelos, saliéronle al encuentro cuatro caballeros embozados, y deteniéndolo, con cierto desasosiego por parte del prelado y sus acompañantes, porque era un oscuro atardecer de invierno, vino uno de los misteriosos a mostrarle un niño de poco tiempo que bajo la capa llevaba. Dijeron al cardenal que su intento era entregarle aquel infante, y como Mendoza se negara a aceptarle, amenazáronle gravemente, con lo que el cardenal mandó que uno de sus pajes tomase al niño, así como un cofrecito que no debía abrir el prelado hasta hallarse en su casa. Hízolo así, y Mendoza averiguó que aquel niño podía comprometer la tranquilidad del Estado. Mandóle a criar secretamente en Guadalajara, y se dijo que la reina Isabel, que al fin tuvo noticia del caso, puso toda su vigilancia en impedir que el infante en cuestión pudiese ser reconocido algún día como hijo de su hermano. La mayor importancia de esta calle es la de haber vivido y muerto en ella los dos altísimos ingenios que se llamaron Miguel de Cervantes Saavedra y Félix Lope de Vega Carpio. Diósele el nombre del primero, aunque en realidad la casa donde murió, aunque hacía esquina a esta calle, no tenía por ella su entrada, sino por la del León.
Nació Cervantes en Alcalá de Henares, siendo bautizado en la parroquia de Santa María de aquella ciudad el 9 de octubre de 1547, siendo hijo de Rodrigo Cervantes y de doña Leonor de Cortinas. Estudió Letras y Humanidades en Madrid, en el Estudio de la Villa, donde recibió las lecciones primero del clérigo don Francisco del Bayo, y luego del maestro Juan López de Hoyos. que le llamaba su caro y amado discípulo.
Espíritu tan inquieto como desafortunado, pasó a Roma, donde logró acomodarse como paje del cardenal Aquaviva. La guerra con el turco dióle más tarde ocasión para emplear su bizarría, y herido fue a bordo de la galera «Marquesa» en la batalla de Lepanto. Cuatro años más tarde apresaban los corsarios argelinos en la costa de Marsella la galera «Sol», en la que venía Cervantes con su hermano Rodrigo, y conducido a Argel, pasó su cautiverio en continua y arriesgada lucha no ya sólo por su libertad, sino la de todos los demás cristianos que allí había. Al fin, el 19 de septiembre de 1586, los trinitarios fray Juan Gil y fray Antonio de la Bella consiguieron rescatarle, y vuelto a España el gran ingenio escribió la «Galatea» y dió al teatro sus comedias. En 1584 casóse con una señora de Esquivias, doña Catalina Palacios Salazar, y fue tal vez en ese lugar donde halló el modelo para su inmortal hidalgo. Vivió después en Sevilla y en Toledo, y de 1661 a 1603 es la época triste de sus malandanzas y sus prisiones. En 1605, el mismo año que se publicó el «Quijote», vivía en Valladolid y halló el nuevo infortunio del proceso por la muerte de don Gaspar de Ezpeleta, a quien encontraron asesinado frente a la casa de Cervantes, y hubo de mezclarse por la maledicencia en este asunto el nombre del gran escritor y el de su hija Isabel.
Varias fueron las casas que habitó Cervantes en Madrid. Habitó en la calle de la Magdalena; detrás del palacio del duque de Pastrana; en la plaza de Matute, a espaldas del colegio de Loreto; en la calle del León, número 10, que venía a ser, según la numeración de entonces, frente a la calle de Francos; en la calle de las Huertas, frente al palacio del príncipe de Africa, es decir, el que hemos conocido como de Manzanedo. y habitado últimamente por don José Canalejas; en la del Príncipe, al lado de San Ignacio (casa que existe todavía), y en la de la calle del León, esquina a la de Francos, donde murió el 23 de abril de 1616.
Mesonero Romanos escribió uno de sus más bellos artículos, atribulado ante el derribo de esta casa donde se extinguió tan preciosa cómo desventurada vida. Fernando VII quiso comprar el solar y que se construyera en él «algún establecimiento literario», como decía la real orden dictada al efecto. No consintió en ello el propietario de la finca, llamado don Luis Franco (sirva de picota a su recuerdo la publicidad del nombre de aquel perfecto casero), y hubo que contentarse con que, reedificada la casa, hiciera poner sobre su puerta, que ahora se abría a la calle de Francos, una lápida que costeó el comisario general de Cruzada, don Manuel Fernández Varela, en 1a que se lee esta inscripción:
«Aquí vivió y murió
Miguel de Cervantes Saavedra,
cuyo ingenio admira el mundo.
Falleció en MDCXVI»
Encima de esta leyenda aparece un medallón de mármol con la efigie de Cervantes, en alto relieve, obra de don Esteban de Agreda, director de la Real Academia de San Fernando. Inauguróse esta memoria el 13 de junio de 1834, y poco después, el corregidor marqués viudo de Pontejos cambiaba el nombre de la calle, sustituyéndolo el de Francos por el del autor de las «Novelas ejemplares».
En la misma calle se conserva la casa donde vivió y murió Lope de Vega. Aunque algo reformada, es la misma que habitó aquel alto poeta. En su fachada hay una lápida que lo recuerda, y ha sido reproducida también la inscripción que el mismo Lope puso sobre la entrada de su vivienda:
D. O. M.
Parva propia, magna:
Magna aliena, parva.
Barrio de poetas ha sido este siempre, y no debe dejarse de consignar, al hablar de esta calle famosa, que en el 5, 7 y 9 de la misma murió el año 1903 un escritor que brilló igualmente en la lírica, en el teatro y en la crónica, y sin ser madrileño era un cantor apasionado de Madrid: Eusebio Blasco.
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