De la calle de Atocha a la plaza de la Platería de Martínez, bs. de Santa María y de la Alameda, d. del Congreso, p. del Salvador y San Nicolás.
Esta se llamaba antes calle de San Juan al Prado, para diferenciarla de la calle de San Juan la Nueva, que es la que después se ha denominado de Monserrat. La calle de San Juan al Prado recibía este nombre por haber estado en su lugar un humilladero en que se veneraba a San Juan Bautista, y donde antiguamente se celebraba la romería y primera verbena de Madrid, ya verificada la noche del Precursor, en las cercanías de Atocha, durante el tiempo de los moros. Derribado este humilladero, la imagen de San Juan que allí había fue regalada al convento de San Felipe el Real, y era un talla muy curiosa, en la que estaba el Niño Jesús sentado sobre el cordero.
En el encuentro de esta calle con la de Santa María se forma una plazoleta, que llevó el nombre de plazuela de San Juan, y en ella se hallaba la casa, actualmente recordada por una lápida, en que nació D. Leandro Fernández Moratín el día 10 de marzo de 1760.
Era aquel preclaro ingenio hijo poeta D. Nicolás, también madrileño ilustre. Fue el continuador de las rias de los clásicos castellanos en época de depravación del gusto, en la que se salvaba su nombre con el de Iriarte y el de D. Ramón de la Cruz quien, por cierto, era enemigo literario D. Leandro.
Moratin, hijo, Inarco Celenio entre Arcades de Roma, era un espíritu escéptico, melancólico y burlón, en quien Moliere, Voltaire y la Enciclopedia habían influido, no desvirtuando, renovando su carácter de escritor con recia raigambre castellana.
Escasa es, por el número, su producción teatral y grande por la calidad, con lo que se demuestra, una vez más, que no es una fecundidad excesiva la mejor demostración un valor en las letras. No constituyen un tenso repertorio "El viejo y la niña", "La mojigata", "El barón", "El médico a palos", imitación molieresca, así como "La escuela de los maridos", que Moliere había tomado de Terencio, quien a su vez la tomó de Menandro; pero esa labor hace culminar a Moratín en la historia de nuestro teatro cuando tiene a su frente ese dechado de comedias que se llama "El sí de las niñas", y ese prodigio de gracia, de la verdadera gracia, fina honda y un tanto amarga a veces, que se títula "La comedia nueva o el café".
Moratín, apasionado de las tres unidades y de la exactitud de todas las normas neoclásicas, abominaba de nuestro teatro del siglo de oro e hizo una traducción de "Hamlet" tan desacertada como que no existía la devoción ni la concordancia de temperamentos que debe mediar entre traductor y traducido para que la versión cumpla su fin. De otras obras suyas deben recordarse "La derrota de los pedantes", diatriba en que aparece el continuador espiritual de Quevedo, y sobre todo sus "Comentarios al proceso las brujas de Zugarramurdi, el famoso auto de fe de la Inquisición de Logroño, escolios que como algunas frases de sus comedias atrajeron la furia teocrática sobre Moratín que era, por cierto, abate, ordenado de mera tonsura con una pensión que le había concedido Floridablanca y disfrutador de beneficio de 3.000 ducados sobre la mitra de Oviedo.
Moratín era un misántropo y gustaba de refugiarse en su casa de Pastrana, donde escribió algunas de sus obras. Del alto que en sus viajes a aquel lugar de la Alcarria hacía en la posada de San Antonio de Alcalá de Henares, surgió su comedia por tantos conceptos ejemplar "El sí de las niñas», cuya acción se desarrolla en ese parador de la ciudad de las escuelas.
Acompañó a Jovellanos en su viaje a París y luego realizó otra larga expedición a Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza e Italia, donde, fijando su residencia en Bolonia, escribió el relato de su peregrinación. Afrancesado, como casi todos los hombres cultos de su tiempo, hubo de abandonar Madrid, por temor a las iras populares, en 1808, y aunque en en 1814 Fernando VII hizo que le fueran devueltos todos sus bienes secuestrados, volvió a marchar a Francia, y después de haber venido a residir poco tiempo en Barcelona, fuese definitivamente a la nación vecina, habitando en Burdeos y luego en París, donde falleció. Trasladada.s sus cenizas a España en 1853, reposan actualmente en el cementerio de San Isidro, en el mismo panteón que Meléndez Valdés y Donoso Cortés, y en el hasta hace poco yacieron también restos de Goya.
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