Los avatares de la cultura como mercancía (2ª parte y última)

 
cartel por la participación (JPEG) La nueva ética hedonista, en la que todo lo adverso o lo que supone esfuerzo y disciplina ya ha pasado de moda sustituido por el culto a la realización inmediata de los deseos, origina individuos que sólo se preocupan por satisfacer sus necesidades propias. Hombres y mujeres que viven separados, a la vez, de sus antepasados, de sus descendientes y también de sus contemporáneos. Es la independencia más total y absoluta. Se trata del acentuado individualismo contemporáneo. Una de las principales características de la postmodernidad.

Se ha dicho que en esta época nada parece tener sentido. Sin embargo, los pensadores postmodernos opinan que esto no es cierto. En esta época perdura un valor cardinal, intangible e indiscutido: el individuo y su derecho a realizarse y "ser libre" (el entrecomillado es nuestro). La cultura del placer es la responsable de este individualismo postmoderno. El hedonismo tiende a destruir lo social al promover el aislamiento. Hoy cada cual busca su propio bienestar sin pensar demasiado en el de los demás. Cada uno se hace responsable de su propia vida. Busca su propia verdad. Los ideales y valores sociales menguan mientras se produce un aumento descarado del "propio interés", la "liberación personal", la búsqueda del yo, el ‚énfasis en todo lo relacionado con el cuerpo y el sexo. Se mitifica lo privado y se destruye lo publico. Los problemas personales adquieren proporciones exageradas y, a la vez, crece una progresiva despolitización. Los aspectos psicológicos prevalecen sobre los ideológicos. De ahí la proliferación de programas televisivos que desvelan y convierten la intimidad de las personas en el principal entretenimiento de la población. Las estrellas de estos espectáculos son hombres y mujeres comunes, sin ningún tipo de preparación especial, pero capaces de compartir problemáticas de su mundo privado con el gran publico. Son los pequeños héroes de la postmodernidad. Se han suprimido diferencias. Entre el virtuoso y el vulgar ya no hay tanta distancia. Lo chabacano se aproxima a lo sublime hasta homogeneizarse. La era individualista del consumo reduce, a la vez, las diferencias entre los individuos. En la ética hedonista postmoderna lo masculino y femenino se mezclan y pierden sus características diferenciadas.

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Entre todos podemos

La nueva cultura es entretenimiento y el entretenimiento es ahora la cultura. Se trata de distraer, de matar el tiempo, no de educar y menos liberar el espíritu. Divertirse es evadirse, no pensar, por consiguiente, estar de acuerdo. Así se hace soportable la miseria de la vida cotidiana. La cultura industrial y burocrática no enfrenta al individuo con la sociedad que reprime sus deseos, sino que doma el instinto, embota la iniciativa y acrecienta la pobreza intelectual. Busca estandarizar cambiando al individuo por un estereotipo, el que se corresponde con el súbdito de la dominación, a saber, el espectador. La cultura industrial convierte a todo el mundo en «público»?.

El público por definición es pasivo, procede por identificación psicológica con el héroe televisivo, con la vedette, con el líder. Son los modelos de la falsa realización propios de una vida alienada. La imagen domina sobre cualquier otra forma de expresión. El espectador, no interviene, hace de bulto; tampoco protesta, más bien es el decorado de la protesta. Es más, si las conductas rebeldes se vuelven moda cultural es porque la protesta se ha vuelto mercancía. Sirva de ejemplo reciente la «movida»? madrileña o su homóloga, la contracultura barcelonesa de los setenta. La verdadera función del espectáculo contestatario es integrar la revuelta, revelando el grado de docilidad o el nivel de idiotez de los participantes. El espectáculo extiende al máximo los momentos vulgares de la vida disfrazándolos de heroicos y únicos. En plena derrota de las ideas igualitarias y libertarias, el espectáculo es el único que construye situaciones, aquellas en que los individuos ignoran todo lo que no divierte. Así se incuba el espectador, ser disperso, a quien el régimen cotidiano de imágenes «ha privado de mundo, cortado de toda relación y vuelto incapaz de fijar la atención?» (Anders).

Además de frívolos, los productos de la cultura industrial son efímeros, pues la oferta ha de renovarse constantemente ya que el dominio sobre la vida cotidiana sigue las pautas de la moda, y en la moda la inconstancia es la regla. La moda siempre vive en presente. Incluso el pasado parece actual: el márketing consigue presentar a El Quijote como un libro acabado de escribir y a Goya como un pintor de la jet. El diluvio informativo que soporta el espectador está descontextualizado, privado de perspectiva histórica, dirigido a mentes preparadas para recibirlo, maleables, sin memoria y, por lo tanto, indiferentes a la historia. Los espectadores no viven más que en el instante. Sumergidos en un perpetuo presente son seres infantiles, incapaces de distinguir entre distracción banal y actividad pública. No quieren madurar, quieren pararse eternamente en la edad del pavo. Creen que la farsa lúdica es la conducta pública más apropiada, la única que surge espontáneamente de su existencia pueril.

Esa valoración espectacular de la parodia juguetona hace del mundo de los niños un absoluto, donde han de ser confinados los adultos. La infantilización separa definitivamente al público espectador de los verdaderos actores, los dirigentes. El hecho es más que perverso; difícilmente la protesta puede sobrevivir a las maniobras de los recuperadores infiltrados, pero nunca sobrevivirá a una versión cómic. La ideología ludista es la buena conciencia de las mentes infantilizadas bajo el espectáculo.

El espectáculo integrado reina donde la cultura estatal y la cultura industrial se han fusionado. Las mismas normas rigen las dos. La creciente importancia del ocio en la producción moderna ha sido una de las causas que han impulsado el proceso de terciarización económica característico de la globalización. La cultura, en tanto que objeto de consumo en tiempo ocioso, se ha desarrollado como fuerza productiva. Crea empleos, estimula el consumo, atrae visitantes. El turismo cultural es mayoritario ya que la oferta cultural es prioritaria en las ciudades. La industria cultural se ha diversificado y ahora el mercado de la cultura es global. Se exporta y se importa cultura, como se importan y se exportan pollos. Los adelantos técnicos en el transporte favorecen esa mundialización: la basura, como los medios de comunicación nos muestran es igual para todos. En las cuatro esquinas del mundo se oye «Macarena»?. Los nuevos sistemas técnicos —Internet, video, DVD, fibra óptica, televisión por cable, telefonía móvil-han acelerado el proceso globalizador de la cultura burocratico- industrial; también le han proporcionado un nuevo territorio: el espacio virtual. En esa nueva dimensión el espectáculo efectúa un salto cualitativo. Todas las características de la susodicha cultura, a saber, banalización, unidimensionalidad, frivolidad, superficialidad, ludismo, eclecticismo, fragmentación, etc., se hallan realizadas a niveles insuperables.

La cultura del monitor culmina a la carta la colonización de la vida cotidiana proyectando en la nada virtual la realización de los deseos. La «interactividad»? que permiten las nuevas tecnologías rompe en el éter electromagnético alguna de las reglas del espectáculo, como la pasividad o la unilateralidad, y gracias a eso (el negrita es nuestro), el espectador puede comunicarse con otros y participar activamente, pero sólo en tanto que fantasma. El alter ego virtual puede ser dentro de la matriz tecnológica todo lo que quiera, especialmente todo lo que el ser real no será jamás en el espacio real, de forma que a través de ese desdoblamiento del ser, el individuo contribuye a su propia imbecilidad y por lo tanto, a su aniquilamiento.

La alienación moderna se descubre a través de los nuevos mecanismos de evasión como una modalidad de esquizofrenia.

En la actual fase histórica y en la medida en que un proyecto contra el sistema dominante es concebible, recobrar la cultura como cultura animi ciceroniana no significa dedicarse a una paciente erudición, o a una habilidosa cultura artesanal, o a una restitución militante de la memoria. Es ante todo práctica del sabotaje cultural inseparable de una crítica total de la dominación. La cultura murió hace tiempo y la sustituyó un sucedáneo burocrático e industrial. Por eso todo aquél que hable de cultura -o de arte, o de recuperación de la memoria histórica— sin referirse a la transformación revolucionaria de la vida social tiene en la boca un cadáver. Toda actividad en ese campo ha de inscribirse en un plan unitario de subversión total; por consiguiente toda creación será fundamentalmente destructiva. No ha de rehuir el conflicto, ha de plantearlo y permanecer en él.

Miquel Amorós

Charla en el Ateneu Popular de l’Eixample,

Barcelona 28 de Abril de 2005

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