Las ciudades actuales, incluida Barcelona, son una mezcla de cielo y de infierno. Antes de culpar a los ciudadanos de las actitudes incívicas y de tratarlos como a niños maleducados a los que hay que enseñar las reglas de la urbanidad tradicional, conviene en primer lugar hablar del incivismo del urbanismo real, del que muy a menudo son responsables o cómplices las políticas públicas
Estamos viviendo una época curiosa: se exalta la ciudad pero, al mismo tiempo, con frecuencia se practica una arquitectura «urbanicida». O quizá fuese más exacto decir que esta arquitectura es la expresión de unos procesos urbanos que niegan la ciudad; un urbanismo del miedo, del miedo a la ciudad; una nueva versión del rechazo que casi siempre ha mantenido el pensamiento conservador con respecto a la ciudad; un urbanismo de mercado que, en lugar de enfrentarse con sus efectos desequilibradores, se adapta a sus dinámicas, vende la ciudad al mejor postor y deja que se extienda una urbanización difusa que multiplica las desigualdades sociales; un urbanismo que se expresa en arquitecturas banales, en bloques aislados y aislantes y que, cuando pretende ser monumental, suele convertirse en una afirmación presuntuosa del poder político o económico1. Por tanto, si hay que hablar de urbanismo y de civismo, antes de culpar a los ciudadanos y de tratarlos como a niños maleducados a los que hay que enseñar las cuatro reglas de la urbanidad tradicional más o menos aplazada, hablemos primero del in civismo del urbanismo real del que muy a menudo las políticas públicas son responsables o cómplices.
«La ciudad, cielo e infierno» titulaba el periódico El País un excelente extra dedicado al Foro Urbano Mundial. El cielo es cuando la ciudad construye lugares atractivos donde vivir (Richard Rogers); el infierno, cuando domina la arquitectura «urbicida»(Luis F. Galiano). En el texto que sigue expondremos esta mezcla de cielo e infierno que hoy encontramos en nuestras ciudades, también en Barcelona.
DISTINCIÓN, SEGREGACIÓN Y PROTECCIÓN
El urbanismo actual es con mucha frecuencia un «urbanismo de productos» que no responde tanto a una visión de ciudad, sino más bien a una oportunidad de negocio; o, cuando el promotor es el sector público, el negocio puede consistir en realizar una actuación socialmente necesaria al mínimo coste. El urbanismo de productos es la respuesta a dos dinámicas propias de la economía urbana de mercado. Una es la conversión de las áreas centrales en parques temáticos del consumo y del ocio sometidos a un uso especializado y depredador. La otra es la dis- persión periférica por piezas segregadas, creando espacios banales, fragmentos fracturados por ejes viales y suelos expectantes.
En la Barcelona metropolitana, la región, el suelo urbanizado se ha multiplicado por dos en los últimos 25 años pero la población sigue siendo aproximadamente la misma: éste ha sido el gran momento de la «urbanalización»
En Madrid, la población de la región (es decir, la comunidad autónoma) se ha duplicado en los últimos 40 años, mientras que el suelo urbanizado se ha multiplicado por cinco5. Se trata de unos modelos de crecimiento difícilmente sostenibles que combinan la malversación de suelo, de energía y de agua, además de aumentar la segregación social .Hay que recordar que la distancia de los productos del urbanismo disperso (por ejemplo, los conjuntos, ya sean de bloques o de casas adosadas) respecto de los centros ciudadanos multiplica los efectos negativos de la segregación social puesto que reduce la movilidad de las personas con menos medios o más vulnerables.
La reducción del espacio público es inherente a los productos urbanos de la dispersión segregadora. El afán de protegerse y de distinguirse implica la privatización de los espacios de uso colectivo y la «motorización» del espacio urbanizado no construido. Los barrios cerrados, tan frecuentes en Estados Unidos, empiezan a ser habituales en nuestro país. ¿Dónde queda la civitas o la polis, representada por el ágora, expresión del civismo? Tampoco la encontraremos en los centros que se han convertido en comercio y ocio para uso de una población mayoritariamente forastera, consumidora compulsiva de la ciudad, con tendencias depredadoras propias de las masas turísticas que echan a perder el carácter ciudadano de plazas y avenidas. Y sobre estos espacios degenerados, se imponen las arquitecturas ostentosas, singulares, emblemas arrogantes del poder económico o del capricho presuntuoso del príncipe (o el gobernante de turno). Edificios de firma, de arquitectos divinos en busca de una seguramente efímera inmortalidad y que, a diferencia de la arquitectura clásica, se caracterizan por la «no reproductibilidad», es decir, renuncian a contribuir a la difusión de la calidad arquitectónica.
El círculo se cierra: la alianza impía entre el urbanismo de negocio, la ostentación del poder y el divismo del artista se encuentran en la práctica (¿inconsciente?) del «urbanicidio».
En las nuevas periferias el panorama es, sin duda, mucho más desolador.Los espacios lacónicos de las viviendas estandarizadas y de parques de todo tipo (empresariales, universitarios, industriales,etc.), separados por autopistas, se ven solamente interrumpidos por las catedrales del siglo XXI, es decir, por centros comerciales y gasolineras (con discoteca y supermercado) abiertos las 24 horas8. Y después nos sorprenderemos de la violencia gratuita o desesperada de las tribus urbanas.
NUEVOS ESPACIOS Y COMPORTAMIENTOS
La ciudad actual ya no es ni la del ámbito municipal ni la llamada ciudad metropolitana, sino que es una ciudad-región de geometría variable, de límites imprecisos, de centralidades confusas y de referentes simbólicos escasos, es decir, «muchos no lugares» para pocos lugares proveedores de sentido.
Los nuevos territorios urbanos son espacios diseñados más bien para la movilidad que para la inserción, más bien para la vida en gueto que para la integración ciudadana. Todo conduce a que el ciudadano se comporte como un cliente, como un usuario de la ciudad, es decir,que se comporte y use la ciudad según su solvencia. Los bienes y servicios urbanos tienden a la mercantilización y a la monetarización del ejercicio de la ciudadanía.
El individuo es un consumidor de ciudad, vive en un espacio, trabaja en otro, tiene relaciones sociales dispersas y movilidades variables. El ciudadano- usuario9 de la ciudad metropolitana es atópico, no es de un lugar en concreto, y la conciencia cívica tiende a diluirse, a debilitarse.
Evidentemente, estamos hablando de una tendencia que es más visible en unas ciudades que en otras y, aunque es menos evidente en Barcelona y en el sistema de ciudades catalanas que en otras regiones y es más fuerte en América que en Europa, también se va manifestando aquí, cada día con más fuerza.Además, los efectos negativos de esta tendencia a la multiplicación de los «no lugares1»o no se contrarrestan con una moralina cívica. Se ha producido un debilitamiento de las estructuras tradicionales de integración ciudadana: la familia, el barrio, el lugar de trabajo o de estudio cerca de casa, las relaciones de amistad vinculadas al territorio, las organizaciones sociales de vocación universal-es decir, que pretenden englobar gran parte de las dimensiones de la socialización (parroquia, partido político, etc.)-. Las relaciones sociales también se van dispersando y volviéndose utilitarias y, si bien suponen unas pautas básicas compartidas, no se basan en un sistema de valores como el que daba cohesión a la comunidad urbana tradicional.
Se ha producido un aumento considerable de la autonomía individual o de grupo, incluso se ha caracterizado el potencial de progreso y de innovación de la ciudad moderna en función de su nivel de tolerancia con respecto a los comportamientos individuales y colectivos diferenciados (por ejemplo, se utiliza la tasa de gays como indicador de modernidad y de capacidad de la ciudad para integrar las poco definidas conceptualmente «clases creativas»).
En cualquier caso, sería muy discutible lamentar la autonomía individual que han adquirido hoy los jóvenes, las mujeres o las personas mayores en algunos ámbitos de las ciudades que han sido configuradas física y culturalmente por la imagen dominadora del hombre adulto que trabaja. Y tampoco se debería considerar una regresión social la difusión social del coche o la moto, del teléfono móvil, del congelador, de la comida rápida, del ordenador portátil, etc. Es cierto que el núcleo familiar no funciona de la misma forma, ya que en la actualidad lo hace con un mayor grado de libertad individual. También son diferentes los espacios y los tiempos de uso de la ciudad de cada uno de los miembros de la familia, como también lo son las movilidades, las relaciones sociales y, con frecuencia, los vínculos identitarios. Estos hechos pueden dificultar la transferencia de valores cívicos pero también pueden facilitar la asunción de responsabilidades individuales.
Sin embargo, las tendencias que hemos descrito no son las únicas. El ciudadano metropolitano reacciona ante las incertidumbres presentes y futuras de su vida, frente a la débil inserción en un lugar y en una comunidad, frente a la falta de límites y de referentes de los territorios en los que vive y se mueve y frente a la multiplicación de identidades sin que ninguna sea la dominante; y en consecuencia aparecen com- portamientos y demandas «comunitaristas», movimientos revalorizadores de la familia y de la religión, una recuperación de las identidades culturales perdidas y manifestaciones de arraigo y defensa del territorio del que se quieren reapropiar. En conjunto se pueden considerar unos «viejos-nuevos» valores de civismo que no siempre son la expresión de valores universalistas...
(Continuará......)
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