El huerto de los intelectuales

 
Como el Getsemaní de Jersusalén, Madrid esconde un antiquísimo huerto lleno de olivos centenarios y árboles frutales que un día fue testigo de la historia. En pleno barrio de Chamartín, entre lujosas urbanizaciones e inmensos edificios sobrevive este rincón que inspiró a intelectuales, científicos y librepensadores como Ramón Menéndez Pidal, José Castillejo, Luis Lozano o Dámaso Alonso. Por esta recreación del paisaje serrano de Castilla, donde madroños y aceituneros convivían con el tomillo, el romero o el cantueso, se dejaron ver Madame Curie, Albert Einstein, Lord Keynes o Herbert George Wells. Desde el pasado nueve de febrero el viejo ’Olivar del Balcón’ y las residencias de Pidal o Castillejo forman parte del Catálogo Municipal de Paques Históricos y Jardines de Interés.

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El huerto de los intelectuales

A Ramón Menéndez Pidal y sus coetáneos les agradaría saber que su querido olivar, o lo que queda de él, forma ya parte del catálogo de Parques Históricos y Jardines de Interés. Así lo decidió el pasado mes de febrero el Ayuntamiento de Madrid que ha entendido la necesidad de conservar una isla natural cargada de historia en medio de una ciudad que no se cansa de crecer. Es el huerto de algunos intelectuales, filólogos, literatos, científicos de principios del siglo XX, que buscaron en las afueras de la capital un lugar donde trabajar y donde recrear su fuente de inspiración: el paisaje típico de la sierra madrileña.

Hoy es posible aún contemplar un pezado de lo que fue aquel inmenso reducto de naturaleza en las tres parcelas que conforman el lugar: una, ubicada al oeste, con la Fundación Castillejos; otra, central, y propiedad de la familia de este pedagogo manchego, y una última en el extremo noroeste que acoge la Fundación Menéndez Pidal, en la que un día fue la residencia del erudito.

La finca estaba lejos de la urbe, más allá del antiguo hipódromo que marcaba los límites de la ciudad, un islote unido con el centro urbano por un tranvía amarillo. Tras la Guerra Civil en la residencia de Ramón Menéndez Pidal "muchas noches de verano el único ruido que podíamos oir a lo lejos era el del tranvía de Chamartín y del Metro de Estrecho, en Tetuán", recuerda Diego Catalán, nieto del filólogo e impulsor de la Fundación que lleva el nombre de su antepasado. Rodeando la casona sobreviven, erguidos y viejos, los olivos que un día contempló Napoleón en lo que entonces era una colina. El emperador acampó aquí tras fracasar en Bailén para vigilar la ciudad que iba a conquistar. Fue Castillejo quien descubrió en 1917 este huerto, que hoy ocupa 14.400 metros cuadrados y conserva aún más de un centenar de árboles de aceituna.

Poco después repartió y vendió trozos del Olivar a sus amigos y se creó una pequeña colonia de intelectuales, aficionados a la montaña y amantes del campo castellano que trataron de llevar al huerto un pedazo del paisaje serrano con la plantación de arbustos silvestres como jaras, romero, tomillo, cantueso o botón de oro, además de árboles frutales, albaricoques, perales y hasta un madroño, uno de los pocos y más antiguos de la capital.

La casa de Ramón Menéndez Pidal se construyó en la parte que daba a la cuesta del Zarzal, calle que hoy lleva el apellido del pensador, aunque no por gusto de sus familiares, que quieren retomar el viejo nombre ya que el actual confunde a los que buscan en Madrid la calle ’Ramón Menéndez Pidal’, sita en la Ciudad Universitaria, según explica Diego Catalán. En la casona, construida en 1925 por un arquitecto sobrino del erudito se conserva su Archivo del Romancero Pan Hispánico, además de su extensa biblioteca de más de 10.000 ejemplares, y parte de las de Rafael Lapesa y del catedrático Fernando Sainz, que las donaron respectivamente a la Fundación. También Ignacio Bolívar, creador del Museo de Ciencias Naturales construyó dos casas en la parte sur del Olivar.

Según explica el propio Catalán, el catedrático de ictiología y piscicultura Luis Lozano Rey, construyó la suya y de él adquirió Dámaso Alonso una parcela, donde edificó más tarde su casa. "Este grupo de pensadores fue el artífice del profundo cambio en la vida cultural de España en el primer tercio del XX" a través de una institución vinculada al gobierno y denominada Junta para la Ampliación de Estudios, antesala de la Institución Libre de Enseñanza y cuya misión fue elevar a la anquilosada España "a un nivel internacional en el campo de la cultura, la economía y la estructura de la sociedad". Becaba a investigadores y estudiantes y los enviaba a las principales universidades europeas y americanas, reestableció contactos culturales con Latinoamética e impulsó la cultura española en Estados Unidos.

Sencillo y sobrio

Todavía hoy contagia el Olivar la sencillez y sobriedad que le caracterizó, aunque algo más desastrado y abandonado que entonces. El propio Javier Sainz Moreno, catedrático de Derecho Financiero y amante de la arquitectura de jardines se está ocupando de forma altruista de dotar al jardín de su imagen perdida por el paso del tiempo, "con trabajos de repoblación y recuperación de la idea de un jardín histórico". Está abierto para los que así lo desean, para pasear y aislarse del ajetreo de la ciudad o para indagar en los libros y documentos de las respectivas fundaciones. El huerto de la Menéndez Pidal también esconde un solarium "donde a mi abuelo le gustaba sentarse al sol y tomar baños, en unas bañeras de zinc que elevaban rápidamente la temperatura del agua", y de las que hoy ya no queda rastro.

Allí también Ramón Menéndez Pidal hacía gimnasia y practicaba esgrima, uno de sus deportes favoritos, junto con el esquí, recuerda Diego Catalán. En la tapia que custodia los olivos se asoman cuadros de azulejos de la Escuela Madrileña de Cerámica, y algunos pintados por Ignacio de Zuloaga. El Olivar es, por encima de todo, un remanso de silencio donde olvidarse del gran Madrid y tratar de saborear un pedazo de la historia española, impregnada en todos sus rincones.

Elena Delgado

MDO Madrid, 09/03/2006.